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Volver:


Y volver de retiro espiritual a lo de mis viejos.
Fumar porro en el armario sin leer ningún diario.
Dormir hasta el hartazgo.
Sacudirme el letargo.
Y luego acariciarlo.
Abrazarlo.
Asfixiarlo.
En el cuarto.
O en la caja de zapatos.
Los gatos no fueron hechos para ser amados.
A veces debemos correr para alcanzar al pasado.
Miro por el espejo y el barrio no cambia.
Verano lento soporífero.
Y son las tres de la mañana y no te encuentro.
Unos tras otros como hormiguitas descontroladas,
desordenadas, van y vienen por la calle de pedregullo
los pibes de la vuelta.
Pegan en el kiosco algo de cumbia y se van.
Contentos mientras la seca, eufórica decadencia.
Al minuto.
Nada, la nada misma.
Se apodera de tus entrañas.
Y los nervios se retuercen.
Vació, angustia y desesperación.
Duele tanto estar de cara hoy.
Caretas alrededor no entienden nada.
De esta mascarada.
El dolor.
Aprieta el pecho.
Los temblores.
Sensación de acecho.
Y desechos de hechos irrelevantes.
Aún sigo esperando que llegues a sacudirme.
Mientras empieza a amanecer.
El sopor de una noche de verano en el barrio y sin vos.
Sin voz te hablo.
Sin manos te escribo.
Aún sigo esperando.
Volver.

Y apagarme después.





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