Viernes sin fainá
Te fuiste, quedaron tus cosas.
Cosas pendientes.
Se ve que todas las pestes se
encarnan en mí.
Escapar, salir corriendo del
infectado.
Me dejaste esperando y
preocupado por el gato.
Entre tanto...
Meditar y meditar, levitar,
evitar.
Hago lo que sé hacer, ¿y vos?
¿Cómo sos? ¿Realmente lo sabés?
Lo que dejaste atrás.
Y llegó ese viernes sin fainá.
Antes, comer era un ritual de
hogar.
Ahora, un trámite biológico.
Ilógico cómo se dio todo. ¿O
no?
Qué sé yo, qué poco supe yo.
No vi la mascarada.
Cansado de una batalla tras
otra, solo queda renunciar.
Apagar.
Desenchufar el respirador
mecánico.
Eutanasia, una ganancia para el
mundo.
Una carga menos.
Un engendro menos.
Menos mal.
Y sí, voy a aflojar ahora,
podrido del discurso de nunca bajar los brazos...
La productividad neoliberal nos
empapó hasta el alma,
nos hizo perder la calma.
Ausencia de luz, estoy en
negro.
En silencio eterno y sin futuro
ni esperanza me quedo.
Sin viernes y sin fainá.
Olvidar la propia vida, no ver
una salida, el callejón de la memoria.
Tus recuerdos vivientes siguen
acá congelados, tu lado del ropero es un fósil del fracaso.
Pasado, pisado, enterrado.
Otro fracaso más, completar
todos los ámbitos de la vida, estoy sin salida.
La realidad te pisotea, te aplana
y no la ves venir,
la puñalada trapera.
Ahora me cierra lo de Faka.
Nada de lo que siembro da
fruto, y eso te cansa,
cansa de verdad.
La vida se te va y nunca te dio
la bienvenida.
Bienaventurados los
olvidadizos.
Me quedé en pausa, en espera,
del otro lado del tubo.
Todo quedó igual,
una instantánea del vacío lleno
de tu presencia ausente.
La serendipia no es
necesariamente algo bueno.
Lo aprendí de la peor forma, la
mente deforma el recuerdo en ruines ruinas de acciones desvinculadas de la verba.
Lo único que te agradezco es
haberme hecho renunciar al amor
y no creer más en él.
Melancolía profunda, sangre
negra, roto el corazón.
Es un viernes sin fainá y sin
amor.
Prioridades. Sosiego. La soga.
En cada rincón de la casa estás
vos.
En el cuarto aún se te huele.
Huele a vacío y olvido, sabor a
anestesia, se te duerme la boca,
y las palabras sangran al no
poder esputarlas.
El diamante en bruto se
fracturó,
se despedazó, se fragmentó al
intentar cincelarlo.
Lo que una vez es roto jamás
puede ser rearmado igual,
tan puro, inmaculado.
No premeditado, espontáneo.
El corazón aletargado.
El soñador y el soñado.
El afligido y el flagelo.
Quedó pendiente
un helado palito de limón y
arreglar un codo.
Ni modo,
en otra vida, en otra página,
en otro frame.
Sos la enfermedad y el síntoma.
Apostar y terminar en
bancarrota.
Saltar al vacío, hacerte mierda
contra el piso.
Pertenecer recíprocamente
en transformación constante e
intercambio de papeles,
pertenecer como el fuego y la
luz,
como los sentidos y el
espíritu.
No hay uno sin el otro ni otro
sin el uno,
mi yo no nace del tú.
Y se complementaba, tu yo nace
de mí.
Ambos somos al reconocernos en
conexión.
Comunicación.
Una canción que se canta a dúo.
Emoción y razón de la mano.
Azafrán, cocinamos mejor
juntos.
Vivir es el peor castigo.
Las cosas se me olvidan con los
años.
La gente se desvanece.
Otro viernes sin fainá.
Relectura, reescritura.
Lunes es triste.
El martes es gris y el
miércoles también.
Es viernes, sin fainá y sin
vos.
Lunes, tengo esperanza otra
vez.
Martes y miércoles rompen mi
corazón.
Oh, el jueves recuerdo que la
esperanza es una maldición.
Es una sorpresa maravillosa
ver tus ojos delineados y tu
espíritu regresar.
Espejismo, ilusión.
Y me quedo solo,
sonriendo ante el recuerdo del
sonido de tus gemidos.
Elegante, dando vueltas,
vueltas y vueltas
para morir en el mismo sitio.
La gente se desvanece como la
memoria.
La rabia queda, el odio brota.
Otro viernes sin fainá y sin
vos.






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