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“El espectáculo entendido en su totalidad es a la vez el proyecto y el resultado del modo de producción existente. No es un suplemento del mundo real, una decoración sobreañadida. Es el núcleo del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares –información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones- el espectáculo constituye el modelo actual de la vida socialmente dominante. Es la omnipresente afirmación de una opción ya efectuada en la producción, es su consumación consecuente. La forma y el contenido del espectáculo son, del mismo modo, la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente".

La sociedad del espectáculo, 1967, Guy Debord.

 

          

El Puñales se despierta. Sudoroso, nervioso… en pijamas salé.

En pijamas se pega un piquecito hasta la boca, tres cuadritas al trote, pero para él son cuadras muy largas. Se pega un piquecito y antes que cante el gallo, ya tiene 3 chasquis en la mano, antes que cante el gallo, ya está debiendo “un fiado”. Antes que cante el gallo ya está debiendo plata, los primeros 50 pesos que tiene que rescatar en el día. Empieza el día debiendo plata. Piquecito de vuelta, y directo al cuarto. Puchito, ceniza, pipa, fuego, pitada…y ta…ya fue. Ya se pasó. Hay que salir a buscar más.

 





 



Amanece gris.

Lila despierta, sale a la rutina,

ella va rota y llena de magia,

sus palabras narran tempestades.

Narciso despierta y no sabe dónde está,

tiembla pensando enfrentar la vida o caer derrotado.

Lila está sola.

Narciso está solo.

Chocan en una esquina.

Colorean sus días.

 


 

 





Un viejo, con su tabaquito en la boca, espera en una esquina para cruzar la calle, sus ojos reflejan desesperanza y lucha.

Es esa clase de viejo que la peleo toda la vida pero no logro nada; no tiene casa, no tiene jubilación. Y trabajó, ¡si habrá trabajado! Pero era muy retobado para el sistema conservador, nunca tuvo empleo fijo, anduvo de zafra en zafra de changa en changa. O tal vez, fue artista, hacia lo que le gustaba, lo que le apasionaba. Pero no seguía la corriente. Siempre fue un marginal, nadie escucho su voz, nadie entendió su mensaje, nunca hizo un mango y lo poco que junto lo compartía. Lo compartía con gente, gente que ahora no está, que se ha ido.

Y ahora ve a los jóvenes, jóvenes que viven con una libertad, la libertad por la cual él fue excluido en su tiempo. Esos jóvenes no saben que por gente como él, gente que fue punta de lanza para que ellos tengan un presente, que aunque no es perfecto, es más natural ser como uno es.

Pero los jóvenes no lo ven, solo ven a través del vidrio de un bondi, un viejo, en una esquina, con su tabaquito en la boca, que espera pa’ cruzar la calle.





The Congress, 2013, Ari Folman.







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